Cuando el amor y el deseo dejan de caminar juntos.
El swinger no es una moda ni una provocación. Es la consecuencia lógica de una realidad que muchas parejas prefieren no mirar de frente: el amor y el deseo no evolucionan siempre al mismo ritmo.
Venimos de una cultura monógama que sostiene una idea cómoda y ampliamente aceptada: una relación sana debe apoyarse en dos pilares inseparables, amor y sexo. Mientras ambos funcionen, la pareja es válida; cuando uno falla, todo se tambalea. El problema es que la vida real no sigue ese esquema. Nadie puede garantizar amor eterno ni deseo perpetuo. La química cambia, los cuerpos cambian y el tiempo hace su trabajo.
Cuando uno de esos pilares se debilita, la pareja entra en una fase de gestión más que de plenitud. Y aquí aparece una verdad incómoda: muchas parejas no se separan cuando la intimidad desaparece. No lo hacen porque el amor sea sólido, sino porque el deseo se desplaza fuera del matrimonio. El sexo externo —ocasional o sostenido— actúa como una válvula de escape que permite que la estructura siga en pie. Casa, hijos y rutina continúan intactos, mientras la intimidad real se vive en otro lugar.
Esto genera una distorsión profunda en la forma en que entendemos las relaciones. Las estadísticas oficiales no reflejan estas dinámicas. Los registros de divorcio recogen causas legales, no causas íntimas. Nadie declara que sigue casado porque satisface su deseo fuera. Por eso resulta imposible medir cuántas parejas permanecen unidas sin amor o gracias al sexo externo. A efectos sociales, siguen casadas; a nivel emocional, la historia es otra.
En la monogamia tradicional puede faltar el amor durante años, siempre que el sexo —dentro o fuera— amortigüe la tensión. El punto de ruptura llega cuando el sexo también desaparece. No por una reflexión profunda, sino porque ya no queda nada que sostenga el vínculo.
El swinger rompe esta lógica desde la raíz. En este modelo, el sexo deja de ser la columna vertebral de la relación. No porque pierda valor, sino porque deja de ser un elemento de control. Lo que sostiene el vínculo es el amor consciente y los acuerdos explícitos. El deseo no se esconde ni se gestiona a traición: se habla, se pacta y se comparte.
Los terceros no sustituyen a la pareja ni tapan carencias emocionales. Funcionan como la chispa que el tiempo atenúa, no como el pegamento que falta. Por eso, aunque la química sexual entre dos personas disminuya con los años, el vínculo no se rompe. Porque no estaba sostenido sobre la exclusividad sexual, sino sobre la elección mutua y la lealtad a lo acordado.
La realidad es incómoda, pero clara: muchos matrimonios sobreviven más por cómo gestionan el deseo que por amor romántico. El swinger no promete eternidad ni perfección. Ofrece algo más honesto: conciencia, responsabilidad emocional y libertad pactada.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Carlos Nieblas autor