¿Eres realmente swinger… o crees serlo? ¿O lo haces por tu pareja?

Nadie empieza poniéndose una etiqueta. Lo que aparece al principio no es una identidad, es una inquietud: una conversación que se alarga más de lo habitual, una fantasía que deja de ser solo imaginación y empieza a ocupar un espacio real. Todo comienza con impulso, y el impulso tiene algo poderoso: te hace sentir decidido, valiente, preparado para cruzar una línea que durante años parecía fija. Pero el impulso no es identidad; es solo el inicio de algo mucho más complejo.

Lo verdaderamente difícil no es la experiencia en sí, sino lo que despierta después. Cuando la intensidad baja y el ruido exterior desaparece, aparecen emociones que no siempre sabemos nombrar. No es solo excitación ni celos simples, es algo más profundo: inseguridad, comparación, necesidad de control, miedo a no ser suficiente. Y ahí empieza el proceso de verdad. No en el club ni en el encuentro, sino en lo que sientes cuando vuelves a casa.

Cada pareja avanza a su ritmo, pero hay una constante: cuando no entiendes lo que te pasa por dentro, cualquier experiencia termina convirtiéndose en conflicto. No porque el mundo swinger sea destructivo, sino porque la libertad sin comprensión interna genera tensión. Con el tiempo se vuelve evidente algo que parece simple pero no lo es: ser swinger es confiar y soltar. Confiar no es repetir una palabra bonita; es aceptar que no puedes controlarlo todo, que tu pareja vivirá experiencias fuera de tu filtro y que eso no tiene por qué debilitar el vínculo. Soltar no es indiferencia, es dejar de protegerte intentando supervisarlo todo. Cuando no hay confianza, la libertad pesa; cuando no sabes soltar, cualquier gesto se interpreta como amenaza.

Pero hay una realidad incómoda que muchos evitan mirar: a veces no exploramos, intentamos demostrar. Demostrar que somos abiertos, que somos fuertes, que nada nos afecta. Queremos correr antes de andar, ampliar límites sin haber consolidado los primeros… y, en muchos casos, aceptar por miedo a perder a la pareja. Abrir una relación no es una prueba de amor. Aceptar algo que no deseas para que la relación no se rompa no fortalece el vínculo: lo debilita en silencio.

El motivo por el que llegas no es lo importante. Puede ser curiosidad, evolución o iniciativa de tu pareja. Lo decisivo es si realmente lo eliges tú. Porque hay algo que no funciona nunca: decir “sí” mientras por dentro todo grita “no”. Esa incoherencia no desaparece; se acumula y termina saliendo en forma de reproches, distancia o resentimiento. No se rompe una relación por abrirla; se rompe por abrirla sin querer hacerlo de verdad.

La diferencia entre creer que eres swinger y realmente serlo no está en las experiencias acumuladas, sino en la honestidad con la que las sostienes: en reconocer lo que sientes, hablarlo sin fingir y avanzar desde una decisión propia, no desde la presión, la curiosidad mal entendida o el miedo. El impulso abre la puerta, la confianza la mantiene abierta y la honestidad contigo mismo evita que un día la cierres por dolor. La pregunta no es si has cruzado esa puerta, sino si estás caminando desde una decisión real… o desde la necesidad de demostrar algo que todavía no has integrado.

¿Te sentiste identificado con alguna parte?
¿Abriste la relación desde una decisión propia… o desde el miedo a perder?

Te leemos en comentarios.

Carlos Nieblas autor

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Una decisión en pareja que lo cambia todo para siempre