Una decisión en pareja que lo cambia todo para siempre

El simple hecho de cuestionar lo aprendido sobre la monogamia y hablarlo con tu pareja ya es, en sí mismo, un acto de valentía. Nos enseñaron a amar de una forma única y cerrada, como si todo lo que quedara fuera no tuviera cabida en la sociedad. Se nos transmitió que amor y sexo debían ser inseparables, pero rara vez se nos enseñó a desarrollar un criterio propio sobre cómo queremos amar a otra persona.

Durante años hemos estado eclipsados por un modelo afectivo heredado que aceptamos sin cuestionar. De hecho, nosotros mismos también formábamos parte de ese pensamiento: defendíamos lo aprendido sin habernos preguntado nunca si realmente era lo que queríamos vivir.

Crecimos creyendo que existía una única manera correcta de relacionarse y que apartarse de ella implicaba poner en riesgo la relación o incluso el propio amor. No se trataba de elegir, sino de cumplir. Muchas normas no nacen de la experiencia personal, sino de la costumbre; y la costumbre, aunque cómoda, no siempre coincide con lo que cada persona necesita para sentirse en paz dentro de su propia relación.

Cuestionarlo no destruye la relación. Al contrario: obliga a hablar, a comprender y, sobre todo, a elegir conscientemente al otro. Y cuando una pareja empieza a elegir en lugar de simplemente seguir lo aprendido, descubre que el cambio no está en lo que hace, sino en la manera en la que entiende el amor, la intimidad y la libertad compartida.

¿Qué nos llevó a cuestionarnos lo aprendido?

En nuestro caso fue la curiosidad. Simplemente curiosidad. Siendo sinceros, en los años que llevábamos de relación —que no eran pocos— tuvimos que lidiar, en silencio, con algo profundamente humano: la química y la atracción sexual que, en distintos momentos, surgía hacia terceras personas.

Cuando por fin decidimos hablarlo abiertamente aparecieron las primeras dudas. La apertura no trae solo alivio; también remueve inseguridades. Surgen preguntas inevitables:
¿me estás poniendo a prueba?, ¿ya no me quieres?, ¿no soy suficiente?

Ese es el primer escollo real de esta experiencia. No es el entorno ni la sociedad. Es el miedo a interpretar el deseo como falta de amor. Sin embargo, lo que descubrimos fue que el deseo no elimina el vínculo; lo que lo debilita es el silencio.

¿Por qué lo cambió todo?

Porque dejó de existir el motivo para ocultar lo que sentíamos. Los deseos no desaparecen por ignorarlos; simplemente se esconden. Y cuando se esconden demasiado tiempo, se transforman en culpa, en distancia o en pensamientos que no se comparten por miedo.

Entendimos que aquello que nos pasaba no era una anomalía, sino parte de nuestra naturaleza. La atracción y la curiosidad no son enemigas del amor. Lo que las convierte en amenaza es la falta de diálogo.

Durante años creímos que debíamos reprimir ciertos impulsos porque así se nos enseñó. Se nos hizo pensar que desear fuera del marco tradicional era traicionar valores. Pero cuando decidimos hablarlo, comprendimos algo esencial: nadie puede robarnos un deseo que forma parte de nosotros. Lo único que puede imponerse es el silencio.

Y cuando el silencio desaparece, cambia la dinámica de la pareja. Cambia la confianza. Cambia la forma de mirarse. Porque desde ese momento ya no ocultas nada: compartes incluso los pensamientos que anidan en lo más profundo de tu ser.

La relación deja de tener zonas oscuras. Lo que antes se callaba por miedo ahora se expresa desde la honestidad. Y esa es la verdadera transformación. No se trata únicamente de abrir la relación a nuevas experiencias; se trata de abrirla por dentro.

Cuando una pareja alcanza ese nivel de transparencia, algo cambia de manera irreversible: la relación deja de apoyarse en normas heredadas y comienza a construirse sobre decisiones elegidas y asumidas.

No todo el mundo dará este paso. No todo el mundo quiere darlo. Y eso también es válido. Pero lo que sí cambia para siempre es la manera de entender la relación cuando decides mirarla sin miedo.

Cuestionar lo aprendido no obliga a romperlo todo; obliga a entenderlo. A diferenciar entre lo que elegimos y lo que simplemente heredamos. Y cuando una pareja se atreve a hacerse esa pregunta juntos, ya no vuelve a relacionarse desde la inercia.

Tal vez la verdadera revolución no esté en lo que haces, sino en que, por primera vez, lo haces porque lo has elegido.

¿Crees que cuestionar lo aprendido fortalece o debilita una relación? Déjame tu opinión en los comentarios.

Carlos Nieblas autor

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Cuando el amor y el deseo dejan de caminar juntos.