No es falta de amor: lo que realmente encontró un estudio sobre parejas swinger

Cuando alguien escucha que una pareja practica el intercambio, la reacción suele ser inmediata: “eso es porque ya no se aman”. La idea parece lógica porque durante décadas hemos aprendido a identificar amor con exclusividad sexual. Se nos enseñó que si deseas a otra persona, algo en tu relación falla.

Sin embargo, una investigación sociológica realizada por Jorge Eduardo Moncayo sobre parejas intercambistas llegó a una conclusión incómoda para ese prejuicio: la mayoría de estas relaciones no nacen del desamor, sino de la negociación. No aparecen cuando la pareja está rota, sino cuando la pareja decide hablar de algo que normalmente se calla.

El estudio observó un patrón repetido. La infidelidad tradicional suele surgir en silencio; el intercambio, en cambio, comienza con conversación. Antes de cualquier experiencia hay miedo, dudas, inseguridades y muchas horas de diálogo. Se establecen límites, condiciones y una regla principal: nada ocurre si los dos no están tranquilos. La experiencia en sí no es lo central; lo central es el acuerdo.

Lo que realmente cambia no es el vínculo, sino el significado de la fidelidad. Moncayo describe que en estas parejas el afecto permanece exclusivo, mientras que la sexualidad deja de serlo. El amor, la vida en común, el apoyo emocional y el proyecto compartido siguen dentro de la relación. Lo externo es la experiencia erótica. Dicho de forma simple: el sexo puede compartirse, el vínculo no.

Por eso muchos participantes no viven el intercambio como una traición, sino como la forma de evitarla. El engaño no está en acostarse con otra persona, sino en hacerlo a espaldas de tu pareja. El acuerdo sustituye al secreto. De hecho, el estudio señala que para ellos la infidelidad real aparece cuando surge implicación emocional fuera de la relación, no cuando ocurre un encuentro sexual consentido.

Otro aspecto que la investigación encontró es que este modelo no funciona sin normas. Lejos de ser ausencia de límites, suele haber más reglas que en muchas relaciones tradicionales: consentimiento explícito, presencia o conocimiento mutuo, posibilidad de parar en cualquier momento y prioridad absoluta de la pareja principal. Si alguno deja de estar cómodo, todo se detiene.

También rompe otro tópico frecuente. Aunque muchas veces el hombre propone entrar al ambiente, en la práctica es la mujer quien suele marcar el ritmo y decidir hasta dónde se llega. Sin su seguridad, la experiencia simplemente no ocurre. La dinámica no es imposición, sino negociación constante.

El propio estudio concluye algo especialmente interesante: estas parejas no eliminan la fidelidad, la trasladan. Deja de ser corporal para convertirse en emocional. La exclusividad ya no se mide por con quién tienes sexo, sino por dónde está tu implicación afectiva.

Nada de esto convierte este modelo en mejor ni en peor, ni significa que funcione para todo el mundo. Pero sí desmonta una idea muy extendida: que abrir la sexualidad implica necesariamente perder el amor. Para algunos, cerrar la sexualidad protege la relación; para otros, hablarla abiertamente evita la mentira.

Al final la diferencia no está en cuántas personas participan en una experiencia, sino en qué lugar ocupa cada una. Y según lo que observó la investigación, en estas parejas el amor no se reparte: sigue teniendo un único sitio, la propia relación.

Carlos Nieblas autor

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